lunes, 24 de abril de 2017

En la cama de Lucía




La canción "Gold for the price of Silver" comenzó a sonar en su radio-despertador. Le encantaba, le electrizaba, e inmediatamente abrió los ojos. En aquella habitación hacía un calor sofocante, como un atardecer húmedo en el Caribe dónde no ha llovido durante semanas enteras. Lucía había empapado las sábanas de sudor, y las apartó bruscamente hasta la cintura. Por la ranura de la persiana, un rayo de sol se colaba de forma tímida en la estancia. Suficiente para mostrar a Héctor cada mueble y cada detalle del lugar, que lo observaba todo desde la puerta entrecerrada. Podía adivinar los muslos de la mulata a través de las sábanas mojadas.

Ella, incitada, excitada, indulgente consigo misma...cogió un par de cerezas del cuenco que había sobre la mesilla y las dejó caer en su ombligo. Se entretuvo un rato dibujando figuras abstractas sobre su vientre para después comerlas a pequeños mordiscos. ¡Qué maduras y dulces estaban! Fuera de aquel hervidero, en los ultramarinos del barrio de Lavapiés, las madres hacían alguna compra rezagada mientras sus hijos chutaban el balón en el parque. Miraras a dónde mirases, era un martes laborable cualquiera.

Anhelante de más sensaciones, Lucía cogió otro par de cerezas, bajó las sábanas hasta las rodillas y deslizó el fruto rojo por la parte interna de los muslos. Héctor, delirante, dichosamente atormentado...observaba en la distancia los ríos de sudor que fluían por el cuerpo tostado. No le hubiera supuesto agravio alguno envenenarse por beberlos.

La mulata se decidió a poner las manos sobre su sexo para apagar el ardor. De pronto, la canción terminó, dando paso a un silencio que la devolvió a la consciencia absoluta. Escuchó una respiración que no la reconoció como propia y consideró la opción de intimidar al intruso. Pero no lo hizo. Siguió. Quería más. Lo quería hasta el final. La borrachera de placer se había intensificado porque alguien la estaba mirando. Aceleró los movimientos de sus dedos.

Hacía tiempo que Lucía no tenía emociones fuertes. Era uno de esos momentos de su vida que tantas veces había deseado en el pasado: calmado y colmado de estabilidad. Cocinar para ellos, limpiar para ellos, ser agradable para ellos...a cambio de sentirse arropada, a cambio de colgarse la medalla de la "felicidad". Quizás por ello se vio incapaz de detenerse. Y por motivos más viscerales Héctor temió perder el control y colocarse entre sus piernas para adivinar si sabía dulce o ácida.

Pero entre que un pensamiento iba y venía, ella avivó las brasas. Se giró hacia él evidenciando lo que hasta entonces había mantenido oculto, traicionó la serenidad del asistente y dejó escapar unos gemidos lentos y ahogados. Apenas quedaba ya oxígeno en la habitación. Ella terminó de comerse las cerezas, se recostó dando la espalda a la puerta y se tapó con las sábanas.

Héctor, muerto en vida y con más ganas de vivir que nunca, escuchó cómo una llave se introducía en la cerradura de la entrada. Volvió súbitamente a la realidad. Era la hora en la que su padre cerraba el ultramarinos y su madrastra Lucía se levantaba de la cama para preparar la cena.    

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