domingo, 26 de noviembre de 2017

No me gusta Saturno, pero sí los elefantes


Me gusta espiar a las estrellas desde la penumbra de mi terraza. Me acuesto con la sensación de que esos puntos diminutos que habitan en mi retina, harán que al día siguiente me brillen más los ojos.

Me encanta arrancarle una carcajada a mi amigo Xabi. Son sonoras y agradables. Me gusta aún más cuando van aderezadas con un "¡Estás loca!".

No me gusta cuando el gel de ducha no huele a nada.

Detesto cuando ofrezco una sonrisa desinteresada a un desconocido y no me la devuelve.

Me acuerdo que de niña lloraba desconsoladamente cuando nos marchábamos de casa de los abuelos de Elgoibar. Sentada en el asiento trasero del coche, trataba de esconder la primera lágrima salada que se escapaba. Después, siempre venía la misma frase liberadora: "llora tranquila, cariño".


No podría empezar un nuevo curso sin hacerme con nuevos subrayadores. Para éste he encontrado unos en tonos verde, rosa, naranja y amarillo pasteles. Y ahora que los veo aquí al lado tengo la terrible tentación de comérmelos.

Me gusta Noviembre. Me gusta cuando el sol nos deja cada día antes. Me gusta cuando hoy hace más frío que ayer pero menos que mañana. Y me gusta observarlo todo desde el calor de mi hogar escuchando la pieza del verano de “las cuatro estaciones” de Vivaldi.


Me acuerdo de ti, primo, cada día. Y me gusta sentir que en realidad jamás te irás.

No me gusta cuando Saturno se alinea con Júpiter, hay viento sur y es miércoles. Me sienta fatal.


No me gustan las rancheras. Mi primer novio puso mucho empeño en que cambiara de opinión y a día de hoy me gustan aún menos.

Me siguen gustando los espaguetis con mucho tomate y queso. Igual que hace 28 años.

Me divierte cuando mi padre intenta molestarme llamándome "lore txoroa" (flor alocada en Euskera)

Pocas veces me acuerdo de lo que he soñado. Excepto los viernes por la noche, que siempre se me repite el mismo sueño.


Me irrita no tener el pelo limpio.

No me gusta cuando escucho a alguien del sexo opuesto vocear "¿estás con la regla? O ¿qué te pasa?". Sería maravilloso poder intercambiarnos los cuerpos durante un par de meses para comprendernos mejor. Después pienso en la idea de dejar prestadas mis hormonas y me pongo triste. Las quiero todas conmigo.

Me enamora cuando veo a un grupo de música vibrar con la conexión de sus instrumentos. 
Me contaminan con su droga, haciendo que la sienta corriendo por mis venas.

Me gustan mis amigas. Cada una de ellas tiene algo especial. Las hay extremadamente divertidas, las hay inspiradoras, algunas tienen una paciencia infinita, otras son discretas, generosas, risueñas, fuertes. Todas ellas preciosas.

Me gustan los elefantes. Ellos sólo desean engullir, refrescarse y seguir engullendo.

Me aterra la idea de pasar una noche en vela. No puedo hablar de ello.


No me gustan los plátanos muy maduros. Me da como repelús cuando están tan blanditos. Creo que es algo genético porque a mi madre le ocurre lo mismo.

Me gusta el vino tinto. Sobre todo ese del viernes por la noche cuando resaltamos lo mucho que nos gusta que sea viernes por la noche.


Me gusta cuando a alguien le da un ataque de risa incontrolable. Excepto si le ocurre a mi amiga Amaia, pues siempre lo hace cuando me encuentro en una situación embarazosa (la última vez fue cuando me resbalé en aquella boda y aterricé de culo en el suelo). Su risa y mi enfado suelen ser una mala combinación, pues ambas aumentan exponencialmente cuando se encuentran.

No me gustan los monos asiáticos. Atacan a los transeúntes y yo no estoy vacunada contra la rabia.



Pero por encima de todo... NO me gusta MADRUGAR. Cuando lo hago soy un monstruo, soy Jack el destripador, soy la madrastra de Cenicienta, soy el asesino de Scream, soy Cruella de Vil, soy chucky. Todos ellos reunidos en un cuerpo de mujer.  




martes, 12 de septiembre de 2017

Tengo algo que contarte, ama


No ha sido un camino fácil y tampoco sabría concretar en qué punto exacto de mi vida emprendí este idilio con el lado oscuro. Quizás todo comenzó dentro de aquel coche, cuando las mariposas de mi estómago comenzaron a aletear al son de la melodía, o puede que fuera cuando me arranqué a bailar de aquella forma tan salvaje en aquel bar de barrio. O quizás siempre lo he llevado dentro. No podría saberlo....el caso es que ha llovido a mares desde aquel inicio impreciso.

Sin embargo, recuerdo con lucidez la época en la que entendí que mis gustos distaban de lo común. No se lo comenté a nadie. Ni a mi mejor amiga, con la que por aquel entonces compartía todo tipo de confesiones adolescentiles: este verano me ha bajado la regla tía, qué asco que Pablo me ha dado un beso con lengua etc. Honestamente, vivir dentro de un armario me parecía mucho más afable que enfrentarme a las respuestas que podía recibir. 

Algunos años después, estaríamos a punto de entrar en la veintena cuando frecuentábamos los bares donde imperaban las canciones de Su ta Gar y en los que bebíamos chupitos de tequila al son de "sarri sarri".  A escondidas, y vacilando por el peso de la vergüenza, solía pedir al camarero de turno que me hiciera un pequeño favor. Cuando mi canción comenzaba a sonar, me volvía loca: agitando la melena, coreando el estribillo con tono gitano, y gesticulando con expresión dramática. Es cierto que el resto del grupo me miraba con desconfianza, pero un sutil comentario tipo "no veas la guerra que me dio mi prima la de Murcia el verano pasado... al final me la tuve que aprender" y se quedaban más o menos tranquilas.

Hoy ya no me escondo. En mi entorno amistoso más cercano ya lo saben. Pero necesito dar un paso más hacia la libertad: me proclamo oficialmente Camelista.

Bai ama, barkatu. Me ENCANTA Camela. Ya sé que me has intentado inculcar los gustos musicales más refinados posibles, han sido años de lucha para que sacara mis estudios de piano...pero supongo que es algo innato. Quizás tengamos algún antepasado gitano oculto en la familia, ¿podría ser? Además te aseguro que Camela es uno de los grandes nombres de la escena nacional barraquera. De las barracas como el saltamontes o los autos de choque, vaya. Y me he dado cuenta de que no estoy sola. En cuanto he salido del closet, han brotado camelistas como champiñones, confesándome que les encanta su música, que les hace felices cantarla en la ducha, mientras bañan al niño, cuando hacen el amor...

Entre ellas mis amigas María y Lide, que con cierto rubor en las mejillas y titubeo en sus palabras, me contaron que les gustaba el estilo musical electro-rumba. Sinceramente, al principio me sentí decepcionada. ¿No es terrible que hayamos perdido tantos años de juventud ocultando nuestra orientación musical? Lo único que se nos ocurrió para pasar el duelo con dignidad fue acudir ipso facto a un karaoque... y resulta que aquel viernes se celebraba uno en el Dabadaba!

No me voy a extender con lo de aquella noche, pero os aseguro que poder entonar sus ricas melodías y expresar su lírica cautivadora delante de cinco personas fue una experiencia extrasensorial.

Como de costumbre, terminaremos este post con final feliz (ehhhhhhhh!!!! :-) . Iba a poner una frase del adorado Mr Wonderful, pero a cambio he encontrado esta sobre la importancia del autoconocimiento que me ha parecido más adecuada:

“¿Conocerme a mí mismo? Si lo hiciera, saldría corriendo espantado”. – Johann Wolfgang von Goethe

PD. Ya puestos a airear vergüenzas, también os digo que la pizza que más me gusta es la que lleva piña. Absténganse los que tengan impulsos de insultar. A la cara, por favor.

  

Mi preferida: Corazón Indomable. La conocéis, y lo sabéis. "Su corazón, es indomable y no me quiere..."

lunes, 31 de julio de 2017

Del barrio a las orillas del Sena (en 109 pisadas)

Esta mañana he dejado mi yo apoltronado encerrado en el baño. No veas el espectáculo de llantos y súplicas que ha montado para que me quedara en casa con ella. Sus argumentos resultaban convincentes: "esta mañana los pajaritos están cantando como nunca, y podrías escucharlos desde tu terraza mientras escribes. Te prepararé un zumo de zanahoria, manzana y jengibre ". Sin embrago, sacando fuerzas de flaqueza, he optado por vestir a "la otra" con unos vaqueros, zapatillas blancas y mochila para llevarla de turismo. Me refiero al yo entusiasta. Y así, he planeado un viaje de largo recorrido a unos 500 metros de casa.

Un café para llevar en la moderna cafetería del barrio y enseguida he notado el frenesí interior de quien se dispone a vivir una aventura. Ligera a las orillas del río (cómo me gusta este paseo: dominado por la vegetación... de aguas y gentes tranquilas), mis pies me han transportado hasta un mercado callejero en el paseo de Francia. Curiosamente, llevaba semanas con la ilusión de ir a un mercadillo, hecho que me hace creer todavía con mayor devoción en la teoría sobre la sincronía (yo actitud abierta hacia el mundo --> mundo actitud abierta hacia mí --> materialización de ilusiones que se han gestado días atrás, sin una búsqueda muy explícita).

El paseo, revestido de luz vibrante, ha sido la caja de sorpresas de mi excursión matutina. Entre el torrente de gentío, los curiosos se detenían en los puestos de cachivaches, los hambrientos en los de los crêpes con nutella y los ociosos en el chiringuito hipster que se encontraba justo en la mitad de todo. Y yo, he descolgado la mochila de mis hombros y apilado en ella una conversación banal con una mujer argentina, un sutil piropo del camarero del chiringuito y la mala gaita de un perro al que he ido a acariciar (iba a meter al perro mismo, pero después he pensado que todos tenemos un mal día...). Además, un mortero bastante caro y unos pendientes muy grandes y muy dorados.








Como colofón, zumo de tomate en la espaciosa terraza del Vía Fora mientras escribía unas lineas en mi cuaderno maltrecho. Desde ahí, si hubiera querido, podía haber distinguido la casa de mis padres. Sin embargo, he decidido que me encontraba en París, con vistas hacia el río Sena. Sumergida en estos pensamientos, he advertido una mirada perseverante sobre mí. Obligada a salir de la cuarta dimensión, he levantado la mirada y tratado de enfocar aquella silueta. Era mi amiga Naiara, con pantalón corto deportivo y ese moreno de tonos dorados que la caracteriza por estas épocas del año. Un saludo rápido y reiniciaba su running para no perder el ritmo.

La brisa parisina se ha detenido después del encuentro. Ni mi amiga Naiara estaba correteando a las orillas del sena, ni yo degustaba el zumo de tomate en una cafetería de Montmartre... Pero mi ánimo seguía siendo festivo al recordar una conversación que mantuve recientemente precisamente con ella, con Naiara. Y es que viajar no es una actividad en sí. Es una actitud. Es tener los ojos abiertos. Es colmar a tu personita de pequeñas ilusiones en el día a día. Es tener el impulso de expandir tu rutina con pequeños pasitos. Y así puede sentirse uno a 109 pasos de su casa... un individuo trepidante callejeando por el barrio de los artistas de París.  


miércoles, 12 de julio de 2017

MODERAT (Intelligent dance music)



    Moderat. Electrónica. Berlin.






    Moderat. Madcool 2017.


Moderat es ese amigo culto, más culto que tú. ESE que te estimula intelectualmente pero con el que no quedas la noche en la que te urge rellenar tus huecos con copas de más y desinhibirte.

Moderat es el concierto al que los chicos deben ir con pantalón negro ajustado. Por arriba camisa de manga corta, blanca y con motivos pequeños en azul oscuro (pongámosle unos dibujos de constelaciones). El PELO algo revuelto. Nada de cera. Y si eso, de manera muy disimulada.

Moderat es ese novio sensual y poco SALVAJE. Te aporta serenidad aunque a veces no entiendas dónde se encuentra su mente. El sexo con él es lento.

Moderat son los trintaycasitodos sin hijos. A pesar de un pasado ligeramente loco, sigues estando en tus cabales, aunque TE cuesta entender cómo lo has logrado. Has tenido unos cuantos años para cultivarte, habiendo adquirido unos gustos refinados. Por fin te gusta el buen vino. Pero mantienes un espíritu joven y te permites un poco de marihuana los viernes a la noche.

Moderat es música dance inteligente. Música que me seduce, me PRODUCE PLACER y no me hace volar demasiado alto.


miércoles, 21 de junio de 2017

Más allá del bonitismo

Fue un descubrimiento de lo más inocente. Ocurrió mientras cenaba. El día había transcurrido con importantes esfuerzos mentales pero sin grandes satisfacciones, entre reuniones en Bilbao y una tarde de escritura con un texto más bien soso. Mientras pinchaba con el tenedor un trozo de tomate jugoso, con la otra mano buscaba en youtube algunos vídeos tontunos que me adentraran en el placentero mundo del absurdismo. Cayeron unos cuantos del "Consultorio de Berto", recomendados por un amigo masculino (lo recalco porque me comentó que es un tipo de humor de tíos. Y que si empiezas a verlo con asiduidad te puede salir un miembro viril. No sé de qué me habla...). Pero esa noche de sinsabores estaba dispuesta a arriesgar mi género por unas migajas de risilla. Y no me arrepentí. El susodicho, Berto Romero, tiene una de esas caras que te predisponen a la carcajada. El chiste será mejor o peor, pero la sensación de ver el mundo a través de una mirada ridícula me es muy reconfortante.


El caso es que Youtube es drogaina: empiezas con un vídeo, te enlaza al próximo y acabas en un bucle enfermizo del cual es más difícil salir que de la heroína. Para cuando te quieres dar cuenta, levantas la vista y son las 11:53 de la noche. Vuelves a tu realidad dónde impera el caos, con una ropa que sigue sin tender, una cocina dónde conviven todo tipo de cacharros desparramados, el outfit del día siguiente todavía sin definir... y tu margen de maniobra es escaso, puesto que te habías puesto como meta acostarte a las 12:00. Una noche más que no vas a cumplirlo. Te fustigas. Cuesta unos segundos asimilar que el próximo día va a ser otro de esos con sueño mortal en el que sólo sonríes a la gente porque tu taza de Mr Woderful te lo exige.

(- Hoy es un buen día para sonreir.

-No quiero!

-Sonríe! que te pones muy cuqui.

-Ni de palo! Tengo sueño.

-Sonríe querubín!

- Ni de palote!

- Sonrieeeeeeee hija del maaaaaal! O te revientooooo!

- Vale...)

Una vez asumido el disgusto de la hora, echas un vistazo al próximo vídeo que te sugiere youtube. Por si acaso. "El último", te dices con seguridad. Pues bien. "El último" fue el principio de algo grande en mi vida. Se trataba de un vídeo de unas pibas que se hacen llamar La Bistecs. Empezábamos mal. Un alimento que hoy en día está muy "out" por todo el tema de la comida procesada y el veganismo. Pero algo me incitó a seguir escarbando. Fueron milésimas de segundo. Una delgada línea que separó mi pasado del futuro. Un efímero instante en el que me adentré en el mundo de lo GUAPIFEO y ya jamás volví a salir. Se trata de un oasis de paz en este mundo repleto de belleza. No era consciente de lo mucho que empezaba a agobiarme el bonitismo antes de encontrar en lo guapifeo un refugio. Alrededor mío todo es guapi. Mi ciudad es guapi, mi trabajo es guapi, toda la gente por la calle es guapi. Demasiado guapismo para cosa buena. Las barbas parecen feis pero son guapis, los tatoos antes eran de tipos duros pero ahora son guapis, los festivales ahora son superguapis en general. Yo misma quiero ser una guapi más!! No lo voy a negar. Sé hacer algo de surf y llevo mechas californianas. ¡Dios! ¡Qué guapi soy, joder! Y ahora viene el verano y todo es mucho más guapi aún. Vamos a ir a festivales megaguapis, empieza la temporada de bodorrios ultraguapis y nos vamos a hinchar a mojitos de fresa chachiguapis. ¡Qué ganazas!

¿No veis? Me estoy quitando, pero el mundo oscuro del bonitismo te captura sin darte cuenta. No es culpa mía, no voy a hacer daño a mi persona con reproches. Lo que ocurre es que el bonitismo está enraizado en absolutamente todas las estructuras de la sociedad. Por eso, cuando vi el vídeo de "Señoras bien", un nuevo universo de posibilidades se abrió ante mis ojos. ¿Y si había algo más que el guapismo en este mundo? ¿Y si lo feo no es tan feo? ¿Y si lo feo me gusta más? Pues sí, señores. Había ocurrido en mí el big-bang de lo horriflipante.

Señoras bien. Referente de lo cuquichungo (y pegadizo hasta la muerte)


Ahora os preguntaréis con cierto temor qué es exactamente lo que ofrece este nuevo mundo. Temor sí, temor. Porque todos estamos muy apegados a lo hermoso sin darnos cuenta de lo limitante que es. Cuando te aprendes la letra de las canciones de Vetusta una colega más cool que tú te dice que ahora ya son comerciales. Entonces te pones a aprender las de Izal. Pero un amigo tuyo al que ni siquiera sabías que le interesaba la música te dice que los nuevos Izal son los Supersubmarina... y así pasa la vida hasta que alcanzas la edad viejoven y has pasado tus últimos 5 años aprendiéndote letras de grupos chachis mientras tus amigos de toda la vida han hecho cada uno tres hijos. Pero llega un día en tu vida en el que encuentras un videoclip (ah..me encanta esta palabra, es tan viejuna...¿alguien sabe si todavía se dice videoclip?) llamado "Señoras bien" y con ella la liberación de tu fealdad interior. No more pressure. Lo feo está bien. Lo feo engancha. Lo feo es el nuevo bonitismo. Y estoy contigo en esa lucha. Combatamos esa enfermedad juntos, aunque tengamos que teñirnos todo el pelo. Sí, desde las raíces hasta las puntas, haciendo desaparecer las californianas. Lo sé. Muy duro.


Una vez de entrar en el mundo cuquifeo, te das cuenta de que no se trata de un videoclip solitario, de que es un cosmos lleno de riqueza. Así, vas descubriendo nuevos estímulos en formato canción, personaje, programa televisivo... y te das cuenta de que siempre han estado ahí, pero estabas demasiado absorta en lo bonico (bonico del tó). Se me ocurren mil ejemplos pero creo que el que se lleva el Oscar del absurdiguay es este videoclip de Berto. De verdad, mi no poder. Tomároslo como un regalo que os hago y sentíos libres de utilizarlo como as en la manga para momentos de máxima depresión. Por ejemplo cuando os sintáis abrumados por el guapismo ese sábado noche que tu colega se ha puesto más mono que tú. A disfrutar.



Para los avanzados, los que ya se han dejado seducir por lo cuquitruño, quiero añadir que existen otros documentos gráficos igual de interesantes que tienen más de feis que de guapis. Pero hay que ir poco a poco. No se puede uno adentrar en este mundo del mal a lo loco, sin control. Auguro que el feismo absoluto será la nueva tendencia de los próximos tiempos. Pero aún queda para ello...

*si os animáis con Las Bistecs, este viernes estarán en el Dabadaba (Donostia). Sé que no es sencillo decantarse entre el Azkena y las reinas del chabacanismo. Pero ahí lo dejo...

martes, 9 de mayo de 2017

¡No sin mis onzas!




Día tras día, nada más terminar mi jornada laboral, me monto en el autobús de la empresa para viajar de una ciudad a otra. Me despido de la plaza circular de Bilbao y dejo sus calles llenas de vida y personas con prisa. No puedo negar que sea un momento dichoso. Una vez dentro del bus, saludo a los compañeros, suelto un "maldito aire acondicionado" y cierro los ojos. Si ese día no estoy con el síndrome premenstrual, la luna no está llena y no hay viento sur, me duermo.

Lo peculiar es que la persona que monta en ese vehículo nunca llega a su destino... no es una dulce muchacha la que una vez en Donosti baja por las escalerillas de la guagua, sino un zombie desalmado de Walking Dead: un ojo cerrado y otro semiabierto, cuerpo constreñido y soltando bufidos a diestro y siniestro. Sobre todo a siniestro. Supongo que para nadie es fácil despertarse de la siesta, te preguntas quién eres y de dónde vienes sin obtener respuesta. Pero despertarse de la siesta y que una lanzadera te arroje a la crueldad de la urbe sin miramientos... es la tragedia griega.

Llego a casa como puedo, sintiéndome identificada con las personas que habiéndose agarrado una melopea, aseguran no saber cómo llegaron al hogar. Abrir la puerta y lanzar con hastío la bolsa de los tuppers es como poco un consuelo. Pero la sangre vuelve a circular por mis venas cuando abro la despensa y veo la tableta de chocolate que me saluda con amor. Normalmente es la de Lindt, la que ha habido en casa de mis padres toda la vida. Le echo una mirada de reojo con dudas profundas: ¿Hoy cuántas onzas? Una pregunta absurda, porque suele haber una correlación perfecta con la alegría que haya habido en mi jornada laboral. Intento ser fuerte, pero no hay dios que sea capaz de salir del terrible algoritmo. Muerdo el chocolate con las paletas lo antes posible. Sí, tan sensual como en los anuncios de TV donde el ruido que hace la mordida es ensordecedor, capaz de perforar el tímpano más robusto. Y entonces, en ese instante en el que la onza empieza a perderse entre la lengua y el paladar...entonces es cuando me convierto en una persona con ganas de que al resto le vaya bien. Una chica suave e ingrávida :-)

Y es que esto de comer chocolate, bailar delante del espejo del ascensor una de Ricky Martin, o beber un batido con pajita y mucho ruido puede parecer algo banal... pero es en realidad lo que nos hace sobrevivir. Esa indulgencia con nuestra personita es la que nos conecta de nuevo con toda la sabrosura del planeta. ¡No sin mis onzas!

PD. Hace un par de días casualmente leí un artículo en el que se comentaba que comer chocolate aumentaba la inteligencia. O sea que ahora puedo ver "First Dates" y ser igual de válida para la vida en sociedad. Todo queda compensado. La vida es perfecta.    

lunes, 24 de abril de 2017

En la cama de Lucía




La canción "Gold for the price of Silver" comenzó a sonar en su radio-despertador. Le encantaba, le electrizaba, e inmediatamente abrió los ojos. En aquella habitación hacía un calor sofocante, como un atardecer húmedo en el Caribe dónde no ha llovido durante semanas enteras. Lucía había empapado las sábanas de sudor, y las apartó bruscamente hasta la cintura. Por la ranura de la persiana, un rayo de sol se colaba de forma tímida en la estancia. Suficiente para mostrar a Héctor cada mueble y cada detalle del lugar, que lo observaba todo desde la puerta entrecerrada. Podía adivinar los muslos de la mulata a través de las sábanas mojadas.

Ella, incitada, excitada, indulgente consigo misma...cogió un par de cerezas del cuenco que había sobre la mesilla y las dejó caer en su ombligo. Se entretuvo un rato dibujando figuras abstractas sobre su vientre para después comerlas a pequeños mordiscos. ¡Qué maduras y dulces estaban! Fuera de aquel hervidero, en los ultramarinos del barrio de Lavapiés, las madres hacían alguna compra rezagada mientras sus hijos chutaban el balón en el parque. Miraras a dónde mirases, era un martes laborable cualquiera.

Anhelante de más sensaciones, Lucía cogió otro par de cerezas, bajó las sábanas hasta las rodillas y deslizó el fruto rojo por la parte interna de los muslos. Héctor, delirante, dichosamente atormentado...observaba en la distancia los ríos de sudor que fluían por el cuerpo tostado. No le hubiera supuesto agravio alguno envenenarse por beberlos.

La mulata se decidió a poner las manos sobre su sexo para apagar el ardor. De pronto, la canción terminó, dando paso a un silencio que la devolvió a la consciencia absoluta. Escuchó una respiración que no la reconoció como propia y consideró la opción de intimidar al intruso. Pero no lo hizo. Siguió. Quería más. Lo quería hasta el final. La borrachera de placer se había intensificado porque alguien la estaba mirando. Aceleró los movimientos de sus dedos.

Hacía tiempo que Lucía no tenía emociones fuertes. Era uno de esos momentos de su vida que tantas veces había deseado en el pasado: calmado y colmado de estabilidad. Cocinar para ellos, limpiar para ellos, ser agradable para ellos...a cambio de sentirse arropada, a cambio de colgarse la medalla de la "felicidad". Quizás por ello se vio incapaz de detenerse. Y por motivos más viscerales Héctor temió perder el control y colocarse entre sus piernas para adivinar si sabía dulce o ácida.

Pero entre que un pensamiento iba y venía, ella avivó las brasas. Se giró hacia él evidenciando lo que hasta entonces había mantenido oculto, traicionó la serenidad del asistente y dejó escapar unos gemidos lentos y ahogados. Apenas quedaba ya oxígeno en la habitación. Ella terminó de comerse las cerezas, se recostó dando la espalda a la puerta y se tapó con las sábanas.

Héctor, muerto en vida y con más ganas de vivir que nunca, escuchó cómo una llave se introducía en la cerradura de la entrada. Volvió súbitamente a la realidad. Era la hora en la que su padre cerraba el ultramarinos y su madrastra Lucía se levantaba de la cama para preparar la cena.