martes, 9 de mayo de 2017

¡No sin mis onzas!




Día tras día, nada más terminar mi jornada laboral, me monto en el autobús de la empresa para viajar de una ciudad a otra. Me despido de la plaza circular de Bilbao y dejo sus calles llenas de vida y personas con prisa. No puedo negar que sea un momento dichoso. Una vez dentro del bus, saludo a los compañeros, suelto un "maldito aire acondicionado" y cierro los ojos. Si ese día no estoy con el síndrome premenstrual, la luna no está llena y no hay viento sur, me duermo.

Lo peculiar es que la persona que monta en ese vehículo nunca llega a su destino... no es una dulce muchacha la que una vez en Donosti baja por las escalerillas de la guagua, sino un zombie desalmado de Walking Dead: un ojo cerrado y otro semiabierto, cuerpo constreñido y soltando bufidos a diestro y siniestro. Sobre todo a siniestro. Supongo que para nadie es fácil despertarse de la siesta, te preguntas quién eres y de dónde vienes sin obtener respuesta. Pero despertarse de la siesta y que una lanzadera te arroje a la crueldad de la urbe sin miramientos... es la tragedia griega.

Llego a casa como puedo, sintiéndome identificada con las personas que habiéndose agarrado una melopea, aseguran no saber cómo llegaron al hogar. Abrir la puerta y lanzar con hastío la bolsa de los tuppers es como poco un consuelo. Pero la sangre vuelve a circular por mis venas cuando abro la despensa y veo la tableta de chocolate que me saluda con amor. Normalmente es la de Lindt, la que ha habido en casa de mis padres toda la vida. Le echo una mirada de reojo con dudas profundas: ¿Hoy cuántas onzas? Una pregunta absurda, porque suele haber una correlación perfecta con la alegría que haya habido en mi jornada laboral. Intento ser fuerte, pero no hay dios que sea capaz de salir del terrible algoritmo. Muerdo el chocolate con las paletas lo antes posible. Sí, tan sensual como en los anuncios de TV donde el ruido que hace la mordida es ensordecedor, capaz de perforar el tímpano más robusto. Y entonces, en ese instante en el que la onza empieza a perderse entre la lengua y el paladar...entonces es cuando me convierto en una persona con ganas de que al resto le vaya bien. Una chica suave e ingrávida :-)

Y es que esto de comer chocolate, bailar delante del espejo del ascensor una de Ricky Martin, o beber un batido con pajita y mucho ruido puede parecer algo banal... pero es en realidad lo que nos hace sobrevivir. Esa indulgencia con nuestra personita es la que nos conecta de nuevo con toda la sabrosura del planeta. ¡No sin mis onzas!

PD. Hace un par de días casualmente leí un artículo en el que se comentaba que comer chocolate aumentaba la inteligencia. O sea que ahora puedo ver "First Dates" y ser igual de válida para la vida en sociedad. Todo queda compensado. La vida es perfecta.    

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