El sol me abrasaba la cara mientras esperaba al chico de aquella primera cita sentada en un banco de la plaza de Gipuzkoa. Carlos llegaba tarde y yo aparentaba interés hacia mi móvil, aunque lo único que hacía era deslizar la pantalla de Instagram para arriba y para abajo con mis manos empapadas en sudor. Levanté la vista un pelín y observé como una bola peluda se acercaba a mí dando brincos. ¡Era un Bichón Maltés de lo más juguetón! Se dejaba acariciar la blanca mata de pelo y si osaba no hacerle caso, daba simpáticos ladridos. Me estaba viniendo de perlas, pues aparte de rebajarme la angustia, me agradaba la idea de que mi ligue me viera tierna con aquel animalito. De pronto escuché una voz ronca...
- Zorra.
Miré alrededor y no había nadie más que el perro y yo. ¿WTF? Nunca la ansiedad me la había jugado de ese modo... mi terapeuta se iba a quedar fascinado cuando se lo contara.
- Sí, tú. Zorra.
- ¿Perdona? ¿Me dices a mí?
- Sí a ti. Te voy a morder.
Justo cuando acercaba los colmillos para hincarlos en mi rodilla, apareció Carlos, y el demonio peludo empezó a demandarle caricias. ¡¡No daba crédito!!
- ¿Qué tal Paula? No sabía que tenías perro. ¡Qué majo el tío!
- No es mío- le respondí seca.
Y seguí con la tarde como si nada hubiera ocurrido, pues comenzar una cita con "este perro me ha llamado zorra" no iba a dar buenos resultados.

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