El subconsciente es curioso y fascinante. Ayer mientras tomaba el sol en la terraza con el hipnotizador canto de los pajarillos, empecé a imaginarme que estaba en la selva. A partir de ahí, di rienda suelta a mi bolígrafo dorado. Me quedé sorprendida cuando observé que la descripción del lugar era casi exacta a un póster que compré en el MoMA y que actualmente lo tengo colocado al lado del espejo del baño: "El sueño" de Henri Rousseau. No lo pretendía, pero lavarme los dientes ha resultado ser un acto bastante más fructífero de lo que pensaba :-)
Ahí va:
El sueño profundo se había apoderado de mi voluntad y me estaba costando despertarme del letargo. Un aroma a lirios fluía en el aire, con lo que mi olfato comenzó a activarse. Tomé una respiración profunda para que aquel perfume natural impregnara mi espíritu. Empezaba a notar una energía serena dentro de mí. En casi la totalidad del área de mi piel notaba el tacto de la hierba húmeda y algo que podrían ser las hojas de alguna planta me cosquilleaban el sexo y los pies. Con aquellos deliciosos estímulos, mis sentidos se iban despertando y cada vez me iba apeteciendo más abrir los ojos.
Cogí impulso, me incorporé y tapándome los ojos a medias para que el impacto fuera menos brusco, los abrí. Y entonces no entendí nada. Pero me dio lo mismo. Estaba desnuda en un paraje asombroso. La diversidad de los colores de la vegetación me hacían sospechar que mis piernas no se sostenían sobre el planeta Tierra. El verde se imponía en mi visión: verdes limas, verdes esmeraldas, verdes olivas... Este fondo era matizado por flores extrañas. Y el cielo tampoco era muy corriente, pues más que a un cielo se parecía al mar turquesa de Menorca. No, no creo que estuviera en la tierra.
De pronto el movimiento brusco de un matorral me asustó. No estaba sola. Pero quien estuviera ahí no quería dirigirse a mí, y yo tampoco estaba segura de querer descubrirlo. Sin embargo, en un impulso de supervivencia, agudicé el sentido de la vista enfocándome en el matorral que se había zarandeado...y vi unos hermosos ojos color miel. Me miraban fijamente. Seguí expandiendo mi visión por el entorno y vi más ojos. Decenas de ojos.
Comencé a apartar arbustos con nerviosismo y aparecieron tigres, pequeños elefantes y aves exóticas. Parecía que llevaban horas observándome en silencio. Pacientes. Entonces, se dieron la vuelta y emprendieron su marcha. Y a mí, sin ningún tipo de vacilación, me nació ir tras ellos. Caminamos a una distancia muy estrecha durante un par de horas, mientras la vegetación me rozaba suavemente e incluso me llevaba a la boca algún fruto dulce. Se pararon en un espacio despejado, enfrente de un estanque de agua cristalina. Y ahí estabais todos vosotros: mi mejor amiga, mi profesor de Ética de primero de la E.S.O., la matrona que atendió en el parto a mi madre, el primer chico con el que me besé con lengua...
Me contasteis que estábamos todos muertos. Que ya no quedaba nadie en la tierra que hubiera conocido en vida. Sí... estaban los hijos de los hijos de mis hijos, pero me importaban un pimiento. Estando así de mala la cosa, nos abrimos unas cuantas botellas de chacolí que en la tierra tantas buenas cogorzas nos brindaron y bailamos semi-desnudos hasta el amanecer. (Semi porque nos pusimos unas telitas ahí abajo para que el baile fuera más amigable). Me encantó descubrir que en el paraíso no existía el concepto "resaca".

No hay comentarios:
Publicar un comentario